10/02/2026
Roze / comisiones
Un poco de diseño grafico, ilustración y edición de videos:
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Diseño grafico, diseño de paginas web, startups y todo tipo de negocios.
10/02/2026
Roze / comisiones
10/02/2026
«Cada día es una nueva oportunidad para brillar más».
31/12/2025
"Always fly high dear girl" :)
̃os ̃asfashion
28/12/2025
"¿Lo bueno del dolor?"
Casi siempre el dolor lo vemos como algo “malo”, como algo que hay que evitar a toda costa. Pero… ¿y si te paras un segundo a pensar que, gracias a ese mismo dolor, mucha gente termina cambiando el rumbo y dándole la vuelta a la tortilla?
Hay dolores que en la vida simplemente llegan, sin pedir permiso. Eso es inevitable. Pero aquí vale la pena hablar de otro tipo de dolor: el que nosotros mismos provocamos, el que repetimos, el que seguimos cargando aun sabiendo que nos hace daño.
En ese punto, uno se cansa. El dolor ya fue fuerte, ya fue frustrante, ya se volvió repetitivo, casi aburrido. Y aun así, muchas veces dejamos de mirarlo y seguimos con él como si fuera parte de quiénes somos. Como si dijéramos: bueno, así soy yo. Tal vez ahí aparece algo raro: una especie de costumbre, o incluso una adicción silenciosa al sufrimiento. Y es loco pensarlo, ¿no? ¿En qué momento el dolor se volvió un estilo de vida?
No hay una sola respuesta, pero muchas veces el camino que termina en dolor empieza con placer. Placer rápido, fácil, inmediato. Cosas que se sienten bien en el momento. Aunque sepamos que después viene la factura, igual nos metemos. Y si miras más al fondo, casi siempre el origen es el mismo: una desesperación interna, un vacío, una incomodidad que no sabemos cómo manejar. Entonces reaccionamos en automático, buscando alivio rápido, sin pensar demasiado en lo que viene después.
A veces incluso creemos que ese dolor es merecido. Como si, en el fondo, pensáramos: esto me toca. Y entonces nos compensamos así, aun sabiendo cómo va a acabar la historia. En ese sentido, el dolor aparece una y otra vez como ese maestro pesado que no te deja repetir el mismo error con tanta alegría. Te frena en seco y te obliga, aunque sea por un segundo, a decir: ya no quiero esto… no debí hacerlo.
Claro que muchas veces no alcanza. A veces el dolor se disfraza de “aprendizaje” y nos mete en un bucle que parece no terminar nunca. Pero igual queda la pregunta: ¿qué sería de nosotros si el dolor no existiera? ¿Hasta dónde habría llegado la humanidad si no hubiera algo que nos avise cuándo estamos yendo demasiado lejos?
El dolor, al final, no es ni bueno ni malo. Todo depende de cómo lo mires, de cuándo aparece y para qué sirve. Por eso, cuando llega, tal vez conviene preguntarse: ¿qué me está obligando a ver esto? ¿qué tengo que entender ahora? La respuesta depende de cada uno: de su historia, de su aguante, de cuánto amor tenga dentro.
Y quizá ahí aparece esa voz bajita que dice: ya basta. Ya no le metas más energía al dolor. Mejor úsala en otra cosa.
No intentes borrar el dolor como si fuera magia. Nada desaparece así nomás. Todo es energía. Y esa misma energía que hoy alimenta el sufrimiento puede cambiar de dirección. Puede ir al amor de verdad: amor por tus metas, por tus sueños, por alguien más, o por ti mismo.
Quita leña al fuego del sufrimiento y échala al fuego de aquello que hace que tu vida valga la pena. Ese fuego que está esperando encender tu propósito. Porque sí, aunque suene grande, todos tenemos algo que venir a hacer a este mundo medio indiferente. Lo creas o no, hay cosas en ti —habilidades, talentos, ideas— que solo tú puedes usar para hacer de esta maldita época algo un poco mejor. Mucho mejor de lo que la encontramos cada día, al despertar en este caos hermoso y jodido que llamamos VIDA.
27/12/2025
"Aparta tus preocupaciones: anótalas en un diario y guárdalo en un cajón; también ellas necesitan dormir."
No cargue todo en la cabeza todo el tiempo. escribe lo que te preocupa, déjalo ahí guardado y date permiso para descansar, pero descansar ¡INTELIGENTEMENTE!.
Eso de que las preocupaciones “también necesitan dormir” es una forma bonita de recordar que no todo se arregla pensando más, a veces se arregla soltando un poco y cuidándose.
26/12/2025
17/12/2025
Explorando como la ilustración en fotos puede captar la energía de una persona
16/12/2025
Cuando mi hijo me dijo que no era bienvenido en Navidad, no discutí.
No alcé la voz.
No pregunté por qué.
Sonreí, tomé mi abrigo, salí hacia mi camioneta y conduje a casa.
En ese momento, él pensó que esa sonrisa significaba aceptación.
No era así.
Significaba que algo dentro de mí finalmente se había callado.
Todo empezó esa misma tarde, en la sala de la casa que ayudé a construir con mis propias manos y con segundas hipotecas.
«Podría cocinar este año», dije casualmente. «Mi pavo con relleno de salvia, el que tanto le gustaba a tu madre».
Michael se movió incómodo. Sus hombros tensos, los ojos evitando los míos.
«Papá», dijo en voz baja, «no podrás pasar la Navidad aquí».
«Los padres de Isabella vienen», murmuró. «Y... preferirían que no estuvieras».
Mis dedos se entumecieron.
«Preferirían», repetí.
«Es solo más fácil», dijo rápido. «Son muy particulares con las tradiciones».
Miré alrededor: las cortinas de seda que pagué, los pisos de madera que financié, las molduras que llevé al límite mi tarjeta.
Cada centímetro de esa casa llevaba mi sacrificio. Mi amor.
«Entonces, ¿adónde debería ir?», pregunté en voz baja.
«Tal vez a casa de la tía Rosa. O... podríamos hacer algo otro fin de semana».
Me levanté lentamente.
«Entiendo».
Salí sin mirar atrás. Pasando por fotos donde mi presencia se desvanecía cuadro a cuadro. Pasando por un hogar que ya no era mío.
«Diles algo a los padres de Isabella de mi parte», dije antes de cerrar la puerta.
«¿Qué?»
«Feliz Navidad».
El aire frío de diciembre me golpeó la cara.
Conduje a casa calculando números en mi cabeza: 2.800 dólares al mes durante cinco años. 140.000 dólares. Más de lo que María y yo habíamos ahorrado para el retiro.
Esa noche cancelé la hipoteca que aún pagaba por ellos. Quemé los estados de cuenta en la chimenea. Me serví una copa y dormí mejor que en años.
Dos días después, el 24 de diciembre, mi teléfono explotó con llamadas perdidas. Dieciocho. Michael e Isabella aparecieron en mi puerta con una caja de regalos, suplicando.
El banco había llamado: si no cubrían el pago completo antes del 31, embargarían la casa.
Isabella, con voz dulce de repente, dijo que sus padres estaban dispuestos a “ayudar” si yo venía a cenar como siempre, con mi pavo, mis tamales, lo que quisiera.
Entonces Michael soltó: «Isabella está embarazada. Ocho semanas. Queríamos decírtelo en Navidad como sorpresa».
Los miré en silencio mientras la nieve empezaba a caer.
«Felicidades», dije.
«¿Entonces vendrás mañana? ¿Arreglarás lo de la hipoteca?»
«No».
Cerré la puerta.
Al día siguiente, 25 de diciembre, Michael volvió solo. Ojos rojos, cara sin afeitar.
«Papá, necesito que vengas ahora. Isabella tuvo un accidente anoche después de que nos fuimos. Discutimos fuerte... ella conducía histérica, perdió el control en la carretera resbalosa. Chocó».
«¿Está viva?»
«Sí. Pero perdió al bebé».
Las lágrimas le rodaban por la cara.
«Está en el hospital pidiendo verte. Dice que necesita pedirte perdón. Que todo esto es por lo que hicimos».
Lo miré largo rato. A mi hijo. Al hombre que crié solo después de perder a María. Al que le di todo hasta desaparecer yo mismo.
Y sentí una calma absoluta.
«Dile a Isabella que ya no hay nada que perdonar».
«¿Qué quieres decir?»
«Quiero decir que ya no soy parte de sus vidas. Ni de la tuya. Ni de esa casa. Ese nieto nunca me iba a conocer como abuelo. Solo como el viejo que cocina raro, que habla con acento y que avergüenza en las cenas elegantes».
«¡Papá, esto puede arreglarse!»
«No. Ya está arreglado».
Cerré la puerta despacio. Sin portazo. Solo un clic suave y definitivo.
Puse el disco viejo de José Alfredo Jiménez que María adoraba. Preparé chocolate caliente con canela y un toque de chile, como ella lo hacía. Me senté frente a la chimenea y miré la nieve caer.
Por primera vez en décadas, la Navidad fue mía.
Solo mía.
Y entendí la verdad más dura y más liberadora:
A veces, el mayor regalo que puedes darte es dejar de ser el salvador de quienes nunca te vieron como persona. Solo como un medio para su final feliz.
Feliz Navidad.
De verdad.
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