18/02/2026
CARNAVALES EN LA CIUDAD DE SUCRE CAUSA SOSOBRA.
EL CARNAVAL DE LA RABIA
El carnaval de Sucre, ese que mis abuelos y viejos amigos recordaban con lágrimas de nostalgia, aquel de las entradas de antaño donde las comparsas bailaban con una elegancia, siempre fue un espacio profundamente machista. No nos engañemos.
Las mujeres eran el adorno, el centro de piropos que disfrazaban de tradición lo que siempre fue cosificación. Pero existían códigos, una suerte de ética implícita en medio del desorden, que ponía límites difusos pero reconocibles.
Hoy, al recorrer las calles durante estas fechas, siento que algo se ha roto de manera distinta. No es el mismo machismo de antes. Es algo más crudo, más desbocado.
Los titulares ya no hablan de excesos, sino de mu***os, de peleas campales que estallan por una mirada, de jóvenes que convierten cada esquina en un ring. Y no puedo evitar preguntarme ¿qué ha pasado?
Trabajo con jóvenes de la zona periurbana de la ciudad. Los veo llegar a los talleres que ofrecemos, a los programas de emprendimiento, a las ferias laborales que organizamos con tanto esfuerzo desde distintas instituciones. Les mostramos "salidas"… fórmate, emprende, trabaja. Y ellos asienten, participan, a veces hasta se entusiasman. Pero luego llega el carnaval, y toda esa contención parece estallar en las calles como una botella lanzada contra el suelo.
He llegado a pensar que ofrecerles un taller de repostería o un curso de computación, siendo necesario, no toca la raíz.
Porque cuando veo a estos chicos peleando, no veo solo violencia, veo rabia acumulada. Una rabia que no encuentran cómo expresar en palabras.
¿De dónde viene? Viene de habitar las zonas periurbanas, de caminar calles sin asfaltar mientras la ciudad luce sus balcones coloniales, de sentir que el progreso pasa por su barrio pero no se detiene. Viene de una masculinidad que les enseñó que el único sentimiento permitido es la furia. Viene de un carnaval que, en su versión más comercial y masificada, les ofrece alcohol barato y la promesa de que por unos días pueden ser dueños de la calle, aunque sea a golpes.
No justifico nada. Las muertas duelen, las peleas avergüenzan. Pero insisto en que analizar solo el resultado es quedarnos en la superficie.
Estos jóvenes no estallan porque sí. Estallan porque cargan un peso que no saben soltar. Porque la sociedad les exige ser proveedores en un contexto donde no hay trabajo digno. Porque la ciudad les exige ser algo cuando ellos se sienten de otra frontera.
Porque el carnaval, ese espacio de libertad, se convierte en el único momento donde pueden gritar lo que callan todo el año.
Me pregunto, entonces, si no estaremos abordando el problema al revés. No es que el carnaval haya generado esta violencia; es que la violencia ya estaba, incubándose en el silencio de los días comunes, y el carnaval solo le quitó la máscara. Nuestros talleres, nuestros emprendimientos, nuestras alternativas, son parches necesarios pero insuficientes si no acompañamos eso con espacios donde estos jóvenes puedan nombrar su rabia sin ser juzgados, donde puedan desaprender que ser hombre es aguantar y reventar.
Al final, cuando termina el carnaval y barremos la mixtura, quedamos nosotros preguntándonos qué hacer. Y yo solo atino a pensar que, quizá, antes de ofrecerles un futuro, deberíamos sentarnos a escuchar su presente.
Escuchar de verdad. Sin prisas. Sin fórmulas. Porque detrás de cada puñetazo en una esquina, hay un grito que no encuentra otra forma de decir, aquí estoy, existo, me duele. Y mientras no aprendamos a escuchar eso, el carnaval seguirá siendo, para ellos, la única épica posible.
(Analy Fuentes.)
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